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De Michoacán a La Minerva: historias que sostienen el Mundial

Contraluz/Redacción

La ciudad se prepara para mostrarse al mundo. Se afinan detalles, se limpian avenidas, se transforman espacios. Todo debe estar listo para 2026. Todo debe verse perfecto.

Pero antes de la postal, está el proceso.

En la glorieta de La Minerva, uno de los íconos más reconocibles de Guadalajara, el cambio ocurre de noche. Bajo luz artificial, entre ruido de maquinaria y polvo suspendido, trabajadores avanzan en silencio relativo, lejos de reflectores y transmisiones.

Entre ellos están Gustavo Ángel Castillo y otro trabajador michoacano. Vienen de comunidades cercanas a Zacapu y de la región de Erongaricuaro. Sus historias no son excepcionales, pero sí constantes: migración, trabajo, ida y vuelta entre dos formas de vida.

“Allá se vive más tranquilo, pero aquí hay trabajo”, resume Gustavo.

En su caso, la rutina es pendular. Va y viene entre Michoacán y Guadalajara, ajustando el calendario a donde esté la oportunidad. Su compañero tomó otra ruta: quedarse. Lleva casi dos décadas en la ciudad, donde ya formó una familia.

Hoy coinciden en un punto que, en unos meses, será escenario global.

Un Mundial.

La palabra todavía suena lejana, pero ya está presente en cada detalle. En cada intervención urbana. En cada metro de espacio público que se transforma para recibir a miles de visitantes.

Guadalajara será una de las sedes en México, junto con Ciudad de México y Monterrey. Los partidos se jugarán en el Estadio Akron, pero la ciudad completa será parte del espectáculo.

La Minerva, como punto de encuentro, celebración y símbolo, también entra en escena.

Para quienes trabajan ahí, el vínculo con el evento no es directo, pero sí tangible.

“Nunca pensé estar en algo así”, dice Gustavo.

Lo dice sin grandilocuencia. Como quien entiende que su lugar no está en la cancha ni en la grada, sino en la base. En lo que permite que todo lo demás ocurra.

Hay, sin embargo, un cruce inevitable entre lo laboral y lo personal.

Gustavo es aficionado al fútbol. Y aunque su papel no se verá en pantalla, hay una idea que lo acompaña: formar parte, de alguna manera, de algo más grande.

“Es cuestión de pasión”, dice. “Como mi trabajo. A mí me gusta hacerlo”.

En la lógica del Mundial —donde todo apunta hacia el espectáculo— hay capas que no se ven. Jornadas largas, manos que sostienen herramientas, cuerpos que repiten movimientos hasta que el espacio cambia de forma.

Antes de que lleguen las cámaras, ya hubo historia. Antes de la celebración, ya hubo trabajo.

Y en medio de esa transformación silenciosa, hay trayectorias como la de estos dos michoacanos: desplazadas, adaptadas, persistentes.

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